jueves, 15 de mayo de 2014

NO ME IMPORTARÍA

No me importaría que viajaras por el mundo si me llevas contigo
hasta lugares soñados en el que sean capaces de encontrarse un samurai y un chamán.
No me importaría llegar al fin del mundo de nuevo por la otra punta,
en en él nos cruzamos con el sol, la luna y las estrellas.
No me importaría andar descalzo por la vida,
si eso facilita el roce con tu piel,
si hace posble rescatar un nuevo atardecer enterrando tus dedos con con la arena.
No me importaría tener que dormir en un mal colchón o en el suelo,
si ello permite hacerlo abrazado a tus caderas,
meterme en tus sueños y vivir en ellos.
No me importaría pasar horas en estrechos autobuses,
para llegar a ciudades locas donde encontrar un ricón para besarte,
un sitio silencioso y tranquilo que nos permita confesarnos solo con la mirada.
No me importaría emular a Indiana Jones,
si así es posible vivir una aventura contigo adentrándome en la selva
y descubir un secreto ancestral encerrado en una pirámide.
No me importaría que me atraparas entre tus brazos y no me dejaras respirar,
si así siento como míos cada uno de los latidos de tu corazón.
No me importaría en algunos momentos,
simplemente tenerte cerca.

martes, 25 de marzo de 2014

Rompecabezas

Lanzo preguntas cada día para descubrir los entresijos de la vida
sin saber, si la respuesta que recibiré será la adecuada.

Miro a los ojos de la persona que en ese momento tengo frente a mí
pienso que en sus pupilas esta con toda seguridad
la respuesta que voy buscando.

El destino me lleva
de acá para allá, preguntando constantemente,
y encuentro respuestas
dos calles más arriba o tres pisos más abajo.

Hasta aquí, he tenido suerte
encuentro réplicas que me permiten seguir el camino
una sonrisa, un abrazo o una mirada,
suelen ser una de las mejores señales,
el camino tomado es el adecuado.

Suerte tengo, de tropezarme con personas
en este planeta o en alguna estrella
personas que dibujan hadas, corderos o palmeras,
con lápices, pinceles o palos en la arena
te facilitan una sonrisa a cada paso mientras tatareo una canción.

Todos y cada uno de los que se tropiezan en mi camino
colocan piezas en este rompecabezas que es mi vida.

lunes, 17 de marzo de 2014

jueves, 20 de febrero de 2014

Llueve

Hoy miraba por la ventana
mientras me tomaba un té con leche
miraba la lluvia
me encanta ver correr las gotas de agua por el cristal.

Me fijé en el brillo que iban cogiendo las hojas de las palmeras
en el brillo de esas hojas
veo reflejado el brillo de tus ojos esmeralda.

Salí y me tumbé en el césped mirando al cielo
cerré los ojos para escuchar
la lluvia caer, a Zeus ladrar y percatarme que los pájaros no cantaban
aunque cuando llueve creo que es normal.

Dejó de caer la lluvia sobre mi cara
pensé que había dejado de llover
aunque seguía oyendo las gotas caer en el tejado de chapa del cobertizo.

Abrí los ojos poco a poco
te vi y sonreí porque no te había oído llegar.
Tenías que llevar un rato mirándome
tú también estabas mojada.


Me besaste
cada beso tuyo me sorprende más.

¿Sabes una cosa?
Nuestro amor no se describe con tan pocas palabras.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Mi abuela Valentina

Aunque hoy no es el día de la mujer trabajadora...

Hoy es un buen día para que sea su día, ella desde que nació estuvo predestinada a ser lo que es. Se llama Valentina (aunque su verdadero nombre es Francisca, no le gustaba y se lo auto cambió) desde que nació, lo hizo para ser una trabajadora incansable. Su madre murió siendo una niña muy pequeña, tenía un hermano mayor y dos hermanas más pequeñas y se tuvo que hacer cargo de su casa y de toda su familia.
Su padre era esquilador de ganado, agricultor, y ella a tan corta edad se convirtió en ama de casa, el poco tiempo que le quedaba iba a la escuela y hoy día gracias a su memoria sigue recitando las lecciones de carretilla.
Conforme iba haciéndose mayor se enamoró de mi abuelo, y nada, otra carga más para ella, se casaron para aquella época ya mayores si no recuerdo mal veinte y muchos años... y tuvieron su primer hijo a los treinta... después de este vinieron un par ellos más, todos chicos, tres cargas más a su espalda... compaginaba su vida y su trabajo familiar con algún extra en el campo ayudando a la familia y para poder así sacar unas perras extras.

Valentina ha dedicado toda su vida a su casa y su familia, y resta importancia a su tarea, lo ha visto como algo normal. Valentina, ama de casa, “El ama de casa”. Valentina, EL ALMA DE CASA, y no sólo de su casa sino de la de sus hijos, nueras, nietos y biznietos, cuando aparecen sus ojos azules, iluminan la estancia. Todo le parece poco para agradar a los suyos, ¡chico come no te vayas a quedar con hambre, espera que te pelo una manzana!.
Vamos a verla siempre que podemos, la llamamos por teléfono muy a menudo, desde que Bruno habla, todos los sábados desde la cama coge el teléfono y grita “Valentínaaaaaaa”, le contamos nuestras cosas, nuestro trabajo, y se muestra orgullosa.
Cuando me fui a trabajar a Toledo y se enteró en que trabajaba puso el grito en el cielo, ¡Muchacho un día vas a salir en los periódicos! Y ahora, cuando salgo en alguno, le llevo los recortes para que los vea, se que le gusta enseñárselo a las vecinas, y se siente orgullosa de mi.

Cuando voy a verla, la abrazo fuerte para que me transmita toda su sabiduría, toda su dulzura y todo su conocimiento. Ella a cambio me prepara un café con leche, que sabe como ninguno, y cuando vamos a comer a su casa y es premeditado... hace de postre arroz con leche.

En mi nuevo trabajo, me encuentro con niños y niñas perdidos, y con más de uno he tenido la oportunidad de hablar de ella, y de mis otros abuelos, y de los abuelos y abuelas de esos niños perdidos. Aunque algunas veces los padres y madres no entendemos por qué nuestros padres como abuelos no se comportan como lo hacían como padres, pienso en todas las cosas que mi abuela y mi abuelo me han enseñado, miro hacia otro lado y pienso… ¡mi abuela y mi abuelo hacían lo mismo conmigo!.



Sólo una cosa para terminar como casi todas las abuelas del mundo, ELLA ES ÚNICA...

miércoles, 29 de enero de 2014

BUENOS DÍAS

Me encanta dormir abrazado a ti.
El mejor momento es
cuando mi brazo también se duerme.
Y al despertar
tus ojos y tu sonrisa
me dicen...
¡Buenos días!

viernes, 9 de noviembre de 2012

EL PENÚLTIMO CAPÍTULO


El tren va mucho más rápido que la última vez, el ambiente mucho más calmo, la sensación que me invade es que todo va a cámara lenta. Los rostros cálidos, las miradas tranquilas, los ojos en muchos casos muestran indiferencia. Es muy extraña la sensación, vuelvo con más nervios que con los que me marché.
El tren es de alta velocidad, mucho más cómodo que aquel viejo tren con los asientos de madera, aquellos viejos asientos de tren son parecidos a los que ahora están repartidos por los parques de muchas ciudades, bajando las manos desde el reposabrazos, acaricio el terciopelo del asiento, la sensación es muy placentera.

-¡Cuántos cambios! –dijo en voz alta.
Miró por la ventana, todo está mucho más verde que en sus recuerdos, el traqueteo constante del tren y el manto verde que se extiende tras el cristal hacen que Manuel se evada lentamente en sus pensamientos. Ángel comienza a hablarse a sí mismo, con la mirada perdida en el horizonte.

El tiempo imparable ha plateado mis sienes pero no ha conseguido transformar mis recuerdos en cenizas y humo.
Sé muy bien quién soy, soy Manuel, de La Milla, joven que luchó contra el golpe de estado de los nacionales, que huyó de una muerte segura, que se instaló en el monte, que luchó junto a sus amigos Pablo, Julián y Hugo, que peleó para sobrevivir convirtiéndose en un animal más del monte.
Un ruido diferente, al atravesar un viaducto de hierro rojo y negro, devuelve a Manuel a la realidad...

Manuel se mira las manos, no son las huesudas y heladas manos de antaño, ahora tienen arrugas pero siguen siendo tan fuertes y habilidosas como hace tantos años.
-¡Cuánto tiempo ha pasado!– le dice a su hijo que viaja en el asiento contiguo.
-Si todo lo que me has contado fue en las fechas que me referías, aproximadamente sesenta años, padre– le dijo Hugo, su hijo mayor.

Manuel le había puesto este nombre para recordar siempre al amigo con el que había compartido su huída por el monte, no había tenido más hijos para poder homenajear a sus otros dos amigos muertos en aquella batalla perdida.
Manuel sonríe, mira a su alrededor, observa a su nuera Micaela, a sus nietos Pedro, Ángel y Nuria con sus respectivas mujeres y el novio de la pequeña de la familia.
La escena le emociona, sus ojos se llenan de pequeñas lágrimas, como si fueran gotas de rocío, se agolpan con ganas de salir.
Desde que sabe que iba a volver a España se emociona con facilidad. Allá en la Argentina, siempre fue Manuel el leonés.

Una voz neutra anuncia la próxima llegada a la estación.

El corazón bombea mucho más deprisa de lo normal. Manuel .pensaba que no se pondría nervioso. Cuando se marchó se mostraba mucho más tranquilo que hoy, a pesar de llevar el dinero cosido en la ropa y una pistola bajo la chaqueta.
Se seca las manos en los pantalones de pana nuevos que se ha comprado, no le sirve de nada, le vuelven a sudar.
Hugo se da cuenta y le da unos caramelos a la vez que comienza a hablarle de sus nietos. La tensión se rebaja en pocos minutos.

El tren va deteniendo su marcha poco a poco, los últimos kilómetros se le antojan a Manuel eternos, en unos segundos el tren se detiene.
Manuel, sin dificultad, bajó su maleta roja del guarda equipaje.

-¡Hijo!- Le comenta a Hugo. En nada se parece a aquella vieja maleta de cartón que me acompañó en mi largo viaje hacia América, la nueva, con ruedas de silicona, que no hace ruido cuando la mueves.

Acto seguido, la arrastra desde su asiento hasta la ajustada puerta de salida.
En la misma puerta antes de bajar el equipaje, Manuel llena de recuerdos sus pulmones, mira en rededor de la estación los infinitos tonos verdes en los árboles que bordean las vías y los jardines de la estación.
Antiguamente sólo dos vías existían en la estación, quizás haya diez o doce ahora, paneles luminosos, indicadores para no perderse; Manuel se fija en el viejo reloj; ese sí es el mismo y también la tablilla con las distancias a las principales ciudades donde llegan los trenes, Madrid, León, Santiago, Gijón…

En el hall de la entrada un cambio de agujas, es el monumento a los ferroviarios que han trabajado en la estación. Un señor con un cartel con sus apellidos les entrega unas llaves de una furgoneta de nueve plazas.
Acoplaron los bultos en el maletero, nueve maletas de diferentes colores apiladas casi simétricamente. Hugo conduce, a su lado se sienta su mujer y junto a ella, Manuel, con la ventanilla bajada no deja de observar la carretera asfaltada, en otro tiempo camino, por el que él no pudo transitar.

Se nota que es primavera, la humedad del bosque hace que todo brille y huela mejor de lo normal. Al fondo de la carretera se ve un cartel, La Milla 2 Km.
-¡Hugo para!– pide Manuel impaciente -¡para ahora mismo!-
-¿Estás bien abuelo?– pregunta Nuria.
-Sí, claro que estoy bien, muy bien diría yo- dijo Manuel con los ojos llenos de lágrimas pero con una sonrisa en ellos.
-Me bajo, tengo que andar, nos vemos en casa de mis padres- dijo Manuel con tono enérgico.

Cerró suavemente la puerta dando un golpecito en ella e hizo una señal a Hugo para que continuara.

Miró como se alejaba la furgoneta y, cuando ésta desapareció de su vista, se agachó junto a la cuneta y tocó la tierra y la hierba fresca. En su mente, el tiempo transcurre a cámara lenta, como si de una película se tratase, todo muy despacio.
Entre dientes -Pablo, Julián, Hugo, estoy aquí- Satisfecho de su vuelta, sonríe.
A paso constante camina hacia el pueblo, a un kilómetro se cruza con el cementerio, mira hacia la puerta, con toda la fuerza que le permiten sus pulmones. Grita -¡PADRE!-

Con un torrente de lágrimas rozando sus mejillas, retorna su mirada hacia el camino con La Milla al fondo.
Camina escuchando sus pasos en la grava del arcén izquierdo, después de andar durante cinco minutos se encuentra con un cartel. BIENVENIDO A LA MILLA.
La Milla seguía casi igual, las casas un poco más modernas, pero arquitectónicamente similares. Su casa estaba cerca, caminó un poco más rápido, comenzaba a impacientarse.

Torció en la primera calle de la derecha, al fondo los vio. El se acercó corriendo a abrazarlo, Manuel lo había reconocido porque a pesar de los años seguía igual -¡Pedro, Pedro, Pedro!- Se funden en un fuerte abrazo.

-Tío, no soy Pedro, soy Pedrín su hijo– dijo Pedrín con una media sonrisa.
Manuel se retira, lo observa, lo vuelve a abrazar. Le susurra al oído -Eres igual al recuerdo que tengo de tu padre-.
-Él tiene muchas más canas que yo- dijo riéndose, esta vez acompañado por su tío Manuel.
-Tío, ¿vamos a verlos?– sugirió Pedrín.
-No perdamos más tiempo– espetó Manuel.
-¡Vamos!–arreó Manuel a Hugo y los suyos.

Caminando cogido por el hombro de su sobrino, fueron a casa de Ana y Pedro.
Llegaron a la puerta, Ana no sabía de la llegada de Manuel.
Manuel llamó a la puerta, Ana tardó un poco en abrir, cuando abrió no daba crédito a lo que veían sus ojos. Era Manuel, lo reconoció por las fotos que enviaba.
Ana estaba bastante mayor, Pedro no tanto. Sus ojos no disimulaban que era ella. Tenían la misma juventud que hace sesenta años, pero mucha más alegría que entonces.
Ana comenzó a llorar, al tiempo que abrazó a su hermano, -¡Manuel!- dijo Juana con la voz entre cortada por el sofoco.

Manuel mira orgulloso a los suyos, Hugo y su mujer, sus nietos, Pedrín y Pedro.
Padre e hijo están abrazados mirándolos. Pedro se suelta y se acerca a abrazarse con su mujer y su cuñado.
Manuel con todas las fuerzas que su edad y las lágrimas le permiten, grita mirando a La Milla -¡HE VUELTO!, ¡SIGO VIVO!-.