jueves 19 de noviembre de 2009
Carta a un "amigo" que cierra su bar
Si tuviera que elegir un bar, que definiera nuestra relación, seria sin ponerlo en duda...
“El Antojo”.
Aunque no hemos sido clientes diários si que nos consideramos clientes habituales del local, más si cabe, cuando tú siempre recordabas dónde nos habíamos sentado la última vez, que habíamos cenado y que vino habíamos tomado.
Marta y yo, habíamos estado un año viviendo puerta con puerta en unos apartamentos en Toledo, pero por caprichos del destino , esto lo descubrimos en un viaje que hicimos a Bolivia.
Ya a la vuelta,nuestra relación de pareja comenzaba a dar sus primeros pasos, para sorprender a Marta le propuse ir al Antojo a tomar algo, pedimos una ración de queso y otra de ibéricos, acompañada de una botella de Finca Antigua Blanco. Cierro los ojos y recuerdo perfectamente su cara, el brillo de sus ojos y su sonrisa cuando brindamos con la finas copas que nos pusísteis.
¡Por la felicidad! – dijimos a la vez que nos reímos –
El ambiente del local, la pequeña terracita exterior, el inigualable trato que dispensabais a los clientes, hacia del sitio, un lugar mágico. Magia que se ha transmitido en cada una de las conversaciones que hemos tenido, de las caricias que nos hemos regalado, de las confidencias que nos hemos hecho y de los propósitos que entre sus cuatro paredes nos hemos marcado…
Desde entonces hace ya casi dos años y medio, hemos vuelto por “El Antojo” una y otra vez, aproximadamente cada mes, para rendir cuenta de las últimas batallas, de nuestro día a día, de nuestros proyectos futuros.
Entrabamos al bar, buscábamos un sitio y leíamos las recomendaciones escritas con tiza blanca, acto seguido el ambiente nos comenzaba a embriagar y la magia comenzaba a surgir. Por lo general nos atendías tu, con una sonrísa en la cara, con el tono de voz tan carácterístico que tienes, y la magia del local se terminaba de completar…
Desde aquel primer día, siempre dejamos el vino a tu elección, salvo que nos acompañaran otras personas, siempre blanco. Casí nunca repetimos, salvo que estuvieramos de antojo. Tus acertadas elecciones nos han hecho probrar nuevos caldos, de diferentes puntos de la geografía española, siempre con altísimas puntuaciones…
Estando este verano de viaje en Argentina, probamos algún que otro vino, pero siempre que lo hicimos, recordábamos tus acertadas elecciones y lo ricos que estaban los quesos que cada vez que íbamos nos ponías. Nada más llegar del viaje, nos dimos una ducha, nos cambiamos de ropa y nos fuimos al Antojo, era domingo y estaba cerrado…
No nos importó, nos volvimos a casa y regresamos al día siguiente.
En septiembre fue nuestra última vez, volvimos en octubre y vimos el cartel que decía que se estaba reformando el local…
En noviembre decidimos llamar a un móvil que nos encontramos por internet, resultó ser el tuyo.
Anoche hable contigo y me dijiste que ya no lo llevarías tu.
El local volverá a abrir sus puertas… pero ya no será lo mismo.
Sólo podemos decirte una cosa.
Gracias, por todos los momentos que hemos vivido allí, gracias por todas las recomendaciones que nos ha hecho, gracias por introducirnos poco a poco en esta cultura del vino, gracias por habernos atendido siempre como lo has hecho, gracias por siempre despedirte de nosotros con una sonrisa, en definitiva gracias por todo…
Te deseamos que la suerte te acompañe allá donde te lleve el destino.
Salud.
miércoles 10 de junio de 2009
La huida
Con este microrelato participe en un concuro que organizaba una radio del barrio...
La participación se les fue de las manos...
Puede que no este conforme con el fallo del jurado...
Pero me da un poco igual...
Me gustó hacer un microrelato para participar...
Va por vosotros espero no tardar tanto en volver...
Besos y Abrazos...
Doscientas eran las palabras que Marco utilizó para declarar su amor a Hasna, aquella noche de Brujas en el mes de Junio.
Ciento setenta y ocho fueron los besos que se dieron aquella noche en la playa de San Pedro, mientras oían la música de aquella guitarra que sonaba de fondo y de la que salían los acordes de una de las mejores canciones de aquel mítico grupo.
Ciento treinta y dos, los suspiros que se escucharon en el coche cada vez que uno acariciaba la piel del otro a la vez que su piel se iba erizando centímetro a centímetro, segundo a segundo.
Noventa y seis fueron los versos que se dedicaron, casi todos robados de las letras de las canciones que hasta entonces habían compartido.
Setenta y cuatro el número de veces que aquella noche, la más corta del año, se juraron amor eterno. Hasta entonces nunca jamás pensado, nunca jamás pronunciado, en boca de ser humano alguno.
Treinta y siete, los años que sumaban de experiencia en la vida, inmaduros en edad, muy maduros en sentimientos.
Dieciocho el número de intentos de huir de casa para encontrarse.
Las veces que lo habían logrado….
Una.
jueves 18 de diciembre de 2008
Tariq
ahí se quedó...
despues de dos viajes a Marruecos...
debería continuar.
Érase una vez, en un país muy lejano, un niño muy inquieto que se llamaba Tariq. Él era un niño que le gustaba emprender cada día cosas nuevas, y cada una de esas cosas buscaba su reto personal. Una tarde en uno de los jardines de su aldea se encontró con Aisha, ella estaba jugando con unas amigas junto a una fuente, cuando se percató de que Tariq la miraba, detuvo el juego, lo miró y en unos segundos corrió hacia él.
Hola Tariq, ¿que haces tu, tan temprano por aquí?- le preguntó ella algo sorprendida.
Hoy no tenía que ir al taller, el maestro estaba enfermo, y decidí darme una vuelta por aquí. Un poco nervioso, Tariq, comenzó a hablar. Aisha tengo que contarte algo y no se como decírtelo. Me marcho de aquí, no quiero ser un alfarero cualquiera, quiero viajar por el mundo, conocer nueva gente, aprender de otras culturas. No quiero trabajar haciendo menaje toda mi vida, quiero hacer algo diferente... quiero buscar la perfección en el arte. No se si volveré algún día y quería despedirme.
Aisha con lágrimas en los ojos, cogió las manos de Tariq lo acerco hacia ella, lo estrecho en sus brazo y le dijo al oído - algún día volverás -
Tariq se alejo de su amiga Aisha, con la cabeza gacha, y aguantando la respiración para no romper a llorar. Tenía que ser fuerte lo había decidido, se marcharía de la aldea en busca de un destino que reconfortara su espíritu.
Esa noche apenas durmió, miraba a través del agujero que simulaba ventana, preguntándoles a las estrellas que le depararía el futuro, si algún día seria realmente feliz y a través de que, conseguiría la felicidad. Apenas durmió esa noche y al despuntar los primeros rayos de sol, cogió su mochila y salio de casa sin despedirse de su madre y hermanos.
La aldea estaba enclavada en una zona montañosa de clima mediterráneo, era una zona fértil y con muchas posibilidades, Tariq lo sabia, pero tenia que emprender su viaje, muchos kilómetros le separaban de la ciudad donde realmente iniciaría el viaje. Caminaba despacio, intentando grabar en su memoria cosa uno de los paisajes de la aldea, cada uno de los olores, almizcle, azahar, clavo, orégano, curry, cuero... cuantas cosas quería memorizar para no olvidar. Continuó andando a buen paso, intentando buscar algún medio de transporte, que le acercara a Tetuán.
Un vecino de una aldea cercana dejó que se subiera a la parte de atrás de su vieja camioneta, transportaba viejos muebles, busco un hueco y se coloco en él. La camioneta sonaba como una chicharra gigantesca y hacia calor, pero por lo menos se ahorraría la larga caminata. Fue pensando que haría cuando llegara a Tetuán, en que buscaría trabajo, que le gustaría hacer porque apenas tenía dinero y necesitaría comer y dormir en algún sitio.
No le costaría encontrar un trabajo en alguna alfarería de la ciudad y desde allí buscaría la perfección.
Tenía algunos contactos que le llevaban a la calle de los artesanos, buscaba a Abdelkrim un viejo artesano, muy respetado en Tetuán. Cuando llegó a la dirección que tenía se sorprendió del sitio, desde la calle se veía un sitio pequeño y algo muy diferente a lo que él había imaginado, dada la reputación de Abdelkrim, esperaba un taller grande y una casa lujosa. Aparto la cortina que había por puerta...
¿Abdelkrim?- Pregunto con voz fuerte
¿Tariq?- preguntó un viejo sentado al fondo
Si – contestó Tariq –
Te esperaba – cotestó AbdelKrim
Tariq se quedó sorprendido de que aquel viejo artesano conociera su nombre. El viejo lo miraba y en unos segundos se animó a hablar.
Tariq, creo saber que buscas la perfección en el arte, y es una meta que no va a ser fácil que consigas solo, necesitaras descubrirte a ti mismo para descubrir la perfección en el arte.
Tu eres alfarero, y creo que deberías empezar modelando barro para buscar la perfección.
Tariq no se hizo de rogar se quitó la camisa y cogió el trozo de barro que le dio el viejo maestro. Abdelkrim de dio las indicaciones con las que tenía modelar una figura, semejante a una que estaba en una estantería.
Tariq creía que no iba a ser una tarea difícil copiar esa figura, hasta que se puso a modelar, comenzó dándole forma y venía que la figura no se asemejaba a lo que el veía en su cabeza. Deshizo la figura una y otra vez, devolvía el trozo de barro a su forma original y comenzaba de nuevo, después de varios intentos, comentó – Maestro no es fácil crear esta figura, es difícil que sea igual – apesadumbrado – no es fácil modelar este tipo de barro.
Ahí esta la clave Tariq – dijo el viejo alfarero – el barro es la clave en la forma de trabajar. El alfarero cogió otro trozo de barro y comenzó a modelar en su torno. En pocos minutos una figura muy parecida a la que había sacado, comenzó a surgir de esa forma amorfa de color marrón. Tariq estaba atento al movimiento de las manos y los pies de Abdelkrim.
No acabo de entender por que, ha sido usted, tan rápido a la hora de modelar ese trozo de barro y que se parezca tanto a la figura original.
Tariq – comenzó el maestro – el secreto esta en la intensidad con la que se modela cada uno de los tipos de barro, este barro contiene una propiedades muy suaves y tiene mucho agua, por eso hay que trabajarlo suavemente, dejar que fluya entre tus dedos la figura que quieres crear. Si el barro fuera más tosco la intensidad de trabajo tendría que ser más fuerte, y habría que añadir agua y aceites.
Tariq comenzó a entender, según la materia prima tengo que trabajarla con una u otra intensidad.
Algún día...
esta historia continuará...
martes 18 de noviembre de 2008
El otro día me arrope con tu cazadora...
Me arropé con ella, porque sabía que por el momento, no podré dormir contigo y con ese olor, seria como dormir junto a ti.
Lo único que me faltaba era tu calor, tu aliento en mi nuca, o mi aliento en la tuya, poder acariciarte el pelo, tocar tu piel y besar tus labios.
Poco a poco el sueño me fue venciendo, mis párpados lentamente fueron cerrándose hasta que me quede profundamente dormido....
Con ese olor tan penetrante tan cerca de mi no me resulto costoso soñar contigo. Al principio simplemente paseábamos por un parque por un parque grande, muy grande, tan frondoso como un bosque y sus árboles altos como edificios. Los dos íbamos en vaqueros, camisetas y chanclas, era verano y hacia calor, la humedad que había en el parque era alta, ¿Dónde estaríamos paseando nuestro amor? Decidí que fuera una isla tropical.
Tiré un poco de ti y acerque mis labios a tu cuello, sentir mi respiración tan cerca hizo que se te erizara la piel, sonreíste y besaste mis labios. Te abrazaste a mi cintura, seguimos caminando por el parque de esa extraña manera.
Parecía que el parque no acababa nunca, siempre aparecían nuevos árboles tropicales en el horizonte, verdes fuertes, verdes vivos y algún amarillo decoraban el cielo sobre nuestras cabezas, entre esos colores algún que otro rayo de luz lograba traspasar entre las hojas y hacia que el suelo pareciera un bello manto oscuro moteado de estrellas brillantes bajo nuestros pies.
Aunque hay gente a nuestro alrededor no parecen participar del sueño, estoy tan a gusto junto en tu compañía que parece que nada importa.
Tus ojos denotan tu felicidad, brillan más de lo normal y su color miel se torna en ámbar en algunas zonas.
El sueño siguió dando tumbos, seguimos paseando y el verde intenso del parque dio paso a un azul que conjugaba el azul más intenso del cielo con el azul más brillante del mar, destellado de reflejos solares, los adoquines del paseo se diluyeron a nuestros pies, absorbidos por una finísima arena de playa, del canto de pájaros pasamos al graznido de gaviotas y del susurro de las hojas de los árboles, al rítmico sonido de las olas arribando a la playa.
En un abrir y cerrar de ojos nuestras vestimentas pasaron a ser un bañador negro de surfista y un bikini naranja tras un pareo azul, a juego con un pañuelo en la cabeza.
Cogimos nuestras chanclas en la mano y nos fuimos acercando poco a poco a la orilla, una ola si una ola no, mojaba nuestros pies hasta los tobillos, el agua transparente, fresquita y cargada de sal, nos reconfortaba a cada envite.
Seguimos paseando por la playa, en dirección a un faro que se veía al fondo, esta comenzando a atardecer y el azul del cielo se torna en rojos, rosas y naranjas.
Te quitas el pareo, tiras de mi en dirección al mar, tiro mis chanclas y mi camiseta a la arena y nos vamos metiendo en el mar sin soltarnos de la mano. Nos metemos hasta la cintura, el agua no esta fría, pero es infinitamente transparente, te salpico con ella, como te ríes cuando lo hago, me doy cuenta de lo que me gusta oírte reír. Se que eres feliz junto a mi, y yo feliz junto a ti.
Te vuelvo a besar el cuello, tu me besas apasionadamente....
Titutituti, titutituti, titutituti...
No puede ser el teléfono móvil esta sonando, en lo mejor del sueño, ¿no podía haber sonado en otro momento?
Adormilado cojo el móvil, miro la pantalla, eres tu, la protagonista del sueño.
- Hola, ¿sabes una cosa?
- No, si no me la dices.
- Tengo tu cazadora
- ¿Me la traes?
- Solo si me dejas que te cuente un sueño.
miércoles 29 de octubre de 2008
Secretos de familia.
Uno de los cuentos que contó es este, o algo parecido.
Lo tiene publicado, en un libro que se llama Yayerias, de la Editorial Palabras del Candil.
Desde aquel fatídico día en que ardió el colegio Las Pedreras, nunca entendí porque tuve que abandonar el pueblo, yo no hice que ardiera, aunque sí me alegré bastante de que lo hiciera.
Pasé algunos meses en otro colegio que llamaban reformatorio, pero nunca más volví a estudiar en el colegio del pueblo. De hecho sólo iba al pueblo en verano. En Calasparra hacia mucho calor, hacia tanto calor, que ni las lagartijas querían salir de día.
Para quien no lo sepa, Calasparra esta en Murcia, es un pequeño pueblo, que no esta cerca de ningún sitio, esta verde porque algunos ríos lo bordean y algunas montañas lo acechan.
Era ya mayor, y en uno de esos veranos extremadamente calurosos, en que volví al pueblo a pasar algunos días de las vacaciones, intentaba echar la siesta en la casa, pero era tal el calor que hacia que sudada a chorros y me quedaba pegado en el sofá. Así que me dispuse a salir de la casa para ver si en alguna sombra, pudiera pillar algo de viento fresco. Giré el pomo de la puerta, lo más despacio que puede, sigiloso, como si fuera un ladrón profesional, cuando mi abuelo me dijo - ¿Dónde vas?
Fuera –respondí acongojado-
¿Dónde? –volvió a repetir-
A la sombra a echar la siesta, -argumente intentando ser lo más cortes posible-
En la sombra no se echa uno la siesta- Espetó con voz tensa el abuelo-
¡Siéntate en la silla!, tengo algo que contarte, es una cosa importante.
Sin rechistar, a mi abuelo nadie le rechistaba, vamos nadie nunca se había atrevido. Me senté donde me decía.
Félix, ¿Sabes que en nuestra familia tenemos un secreto? –preguntó con ojos emocionados-
Los secretos de familia, todo el mundo los conoce, y hablan de ellos, pensando que la familia protagonista no sabe que la gente lo sabe y habla de ellos.
Pero todos los secretos, son más secretos cuanta más gente sabe y habla de ellos. Así que como tu vives fuera, y además te dedicas a contar historias, podrías contar el secreto de la familia para que así, cada vez sea más secreto.
Pensando que su abuelo chocheaba, que realmente estaba como una cabra.
De acuerdo abuelo, cuéntame la historia, y yo haré que el secreto crezca –añadió sin mucha convicción-
El abuelo de Félix comenzó la historia, un poco más emocionado por tener un espectador.
El protagonista de esta historia es mi hermano Ramiro, osea tu tioabuelo Ramiro.
Comencé a asombrarme, puesto que no conocía la existencia de ningún hermano varón de mi abuelo, y mucho menos sabia que se llamara Ramiro.
Hace muchos años, allá por el año 50, ocurrieron los hechos que voy a relatar.
Mi hermano Ramiro, era uno de los muchachos más apuestos del pueblo. Siembre había destacado por ser un poco loco, aventurero y temerario. Pero siempre había sido un buen chico. Una vez mi padre, tuvo que llevarle al médico para que terminara de cortarle tres dedos, porque había dejado que una cabra se los mordiera, para ganar así una apuesta. Las lágrimas brotaban de los ojos de Ramiro, por el dolor que le estaba infringiendo el doctor cortando los dedos y mi padre sujetándolo, pero sus ojos mostraban una sonrisa, cada vez que miraba su otra mano, la buena, sujetando los seis duros que había ganado.
La herida cicatrizó con el tiempo, pero no las ganas de buscar aventuras y meterse en líos.
En los veranos de aquellos años, comenzó a venir a veranear una adinerada familia manchega. Ramiro no lo pudo evitar, se fijo en ella, la hija mayor de aquella familia, era la chica más bella que jamás había visto o imaginado y ella, al poco de conocer las aventuras y temeridades que protagonizaba Ramiro, no tardó en enamorarse de él.
Un amor de niños, un amor de verano, con feche de inicio y fin, un fin que se preveía para el final del verano. Pero lejos de ocurrir así Ramiro y Begoña, se juraban amor eterno cada final de verano y se emplazaban al verano siguiente, para que se produjera el reencuentro y creciera el amor.
Ramiro le había enseñado todos los secretos de su pueblo y Begoña le había contado una y mil veces historias sobre el suyo.
Habian paseado incontables veces por el río, por los caminos, sendas y veredas. Durante el día, al atardecer y alguna que otra noche.
Varios años después, durante otro verano, Ramiro iba al encuentro de Begoña, paseando por el río Benamor, el río por el que más les gustaba pasear, escuchaba el trinar de los pájaros sentía el olor de las flores del verano. Pensando en sus cosas siguió caminando, hasta que vio a lo lejos, a la mujer que amaba tendida junto al río. Corrió hacia ella, pensando que se había desmallado, pero cuando llegó hasta ella, con lágrimas en los ojos, vio que no suf´ria un desmayo, su vestido amarillo estaba lleno de sangre. Su cara estaba amoratada y Ramiro lloró. Begoña tenía decenas de puñaladas en su vientre y su sangre ahora reposaba entre el camino y el río.
Ramiro la cogió en sus brazos, y muy despacio la llevó hacia el pueblo. Su casa era de las primeras, y algunos vecinos pudieron verle llegar, aunque ninguno lo reconocería más tarde.
Llegó hasta la puerta de su casa, con Begoña en sus brazos y con la camisa blanca llena de sangre.
Hincó sus rodillas en el suelo, su llanto hizo que todos saliéramos de cata.
Tendió a Begoña en el poyete y siguió llorando desconsoladamente.
Padre lo miró -y le dijo-, ¡Ramiro, has hecho lo que ellos querían que hicieras! ¡Ramiro mírame a los ojos!
Cuando padre decía que lo miráramos lo hacíamos sin protestar.
Padre se quitó la camisa y le quitó la suya a Ramiro. Madre lo limpió un poco y padre le puso su camisa, al tiempo que le abrazaba.
¡Hijo, corre, corre hacia las montañas! Corre sin mirar atrás. Nosotros estaremos bien.
Nadie dijo nada, padre y Ramiro, se volvieron a abrazar, los dos llevaban ya un rato llorando. Luego abrazo a madre, y uno a uno a todos nosotros. A mi, me abrazo el último, me dijo, ¡Pórtate bien, cuida de madre, ahora serás el hombre de la casa!
Beso a Begoña en los labios y después, comenzó a correr. Salió corriendo del pueblo sin mirar atrás, como padre le había dicho.
Padre se puso la camisa de Ramiro, llena de sangre, copien en brazos a Begoña y se dirigió al cuartel.
Padre estuvo en la cárcel siete años. Madre cuidó de nosotros, sacándonos adelante mientras faltó padre. Yo en ese tiempo, fui el hombre de la casa, hasta que padre volvio.
En el pueblo se rumorean muchas cosas, pero siempre en nuestra ausencia.
Félix, este es nuestro secreto, nadie sabe realmente la verdad.
Félix, miraba consternado a su abuelo, las lágrimas le resbalaban por las mejillas. El abuelo se dio cuenta, y posó su mano sobre el brazo se su nieto Félix.
Felix –escucha- de mi hermano Ramiro, nunca más se supo, pero todas las noches desde ese día, en el monte se oyen aullidos desgarradores.
Aullidos como de lobos, pero en esta sierra, nunca ha habido lobos...
Ya conoces la historia. Tú cuentas historias. Ahora tú debes hacer que este secreto de familia sea más secreto.
Cuando la oí me impresionó, espero que os haya gustado.
Besos y abrazos para todos...
Gracias Félix por la historia.
